LA ESPADA DE DAMOCLES

Dicen que Damocles, miembro de la corte del rey Dionisio, tirano de Siracusa del siglo IV a.C., era un adulador que envidiaba los lujos del monarca. Cuando esto llegó a los oídos del soberano, decidió darle una lección ofreciéndole ocupar su rol por una noche. Damocles aceptó encantado. Se celebró un gran banquete en su honor, que él presidió ocupando el sitio de rey, disfrutando de todos los privilegios envidiados. En el gozo de sus lujos, Damocles miró hacia arriba y descubrió una afilada espada que colgaba sobre su cabeza, sujeta por un solo pelo de crin de caballo. Inmediatamente se le quitó el apetito y el deseo de ser rey.


¿Acaso esta espada no está sobre todas nuestras cabezas?

¿Acaso no es la vida un privilegio que pende de un pelo de crin de caballo?


Hace poco más de un año, los médicos nos enseñaron la espada que cuelga sobre la cabeza de mi padre. Afilada, brillante, enorme. Puede caer en cualquier momento. Puede no caer en años. Puede que nunca caiga y a él, se lo lleve un profundo sueño centenario.





Lo difícil es verla brillar y moverse amenazante.

Lo difícil es saber.

Si, quizás lo difícil es saber.

Saber, verla y no poder hacer nada para bajarla, para sujetarla o apartarle a él de su trayectoria.


Hace poco más de un año que me recorrió un escalofrío de amenaza.

Ahora bailo con él.

Como puedo.

Como sé.

Como aprendo.


Hace poco más de un año dialogo con los “¿Y si...?”.

Hace poco más de un año que la veo girar.

Ahí.

Colgando.


Y yo no quiero que caiga.


Pero la vida es La Gran Maestra.

Y esto no va así.


No importa cuánto desee yo que no caiga.

Caerá.

Caerá esta o la otra.

Caerá la suya o la mía. Pero caerá.

Caerán todas. Solo es cuestión de tiempo.


Lo bestia es la conciencia de ella. Y comprender que en la práctica, lo mismo es verla que no verla. No hay garantía. De uno u otro modo, no hay garantía ni de vida ni de muerte.

Y de pronto, se me parecen vida y muerte. Y entiendo otro poco esto de que “la vida viene con la muerte adosada”, que decía Federico Luppi en “Lugares Comunes”.


Hace poco más de un año, cuando el miedo vino a visitarme en forma de espada, pendiente de un cabello de crin de caballo, me pregunté por primera vez, si una se puede preparar para perder a un padre. Ahora sé que, de un lado, jamás. De otro lado, diré que vislumbrar su espada colgante, me ayuda a incluir la muerte en mi vida y esto es Algo. Algo que desde luego, no me prepara para perderle, pero me coloca. Me coloca como alguien a quien le toca perder.


Crezco.

Cumplo años.

Todas los cumplimos. Y se van a ir.

Nos vamos.

Vamos perdiendo amores, apoyos.

Los apoyos invencibles o anhelados que son los padres, las madres.


Se van.

Y los des-amparos se revuelven.